|
MARIA EN LOS EVANGELIOS.jpg)
En los siguientes párrafos agruparemos lo que se conoce de la vida de Nuestra Señora antes
y durante el
nacimiento de su divino Hijo, la vida oculta de Nuestro
Señor, durante su vida pública y después de su resurrección.
Ascendencia Davídica de María
S. Lucas (2:4) narra que San José se desplazó desde Nazaret a Belén
para empadronarse, "por ser él de la casa y de la familia de David".
Como si quisiera eliminar cualquier duda referente a la ascendencia
davídica de María, el evangelista (1:32,69) afirma que al niño
nacido de María sin intervención de varón le será otorgado "el trono
de David, su padre", y que el Señor Dios ha "levantado en favor
nuestro un cuerno de salvación en la casa de David, su siervo". (21)
S. Pablo también da fe de que Jesucristo "nacido de la descendencia
de David según la carne " (Romanos 1:3). Si María no hubiera sido
descendiente de David, su Hijo concebido por el Espíritu Santo no
hubiera podido considerarse "de la descendencia de David". Por ello
los comentaristas nos dicen que en el texto "En el mes sexto fue
enviado el ángel Gabriel ... a una virgen desposada con un varón de
nombre José, de la casa de David" (Lucas 1:26-27); la última frase
"de la casa de David" no se refiere a José, sino a la doncella
virgen que es el personaje principal de la narración; así tenemos un
testimonio inspirado directo de la ascendencia davídica de María.
(22)
Mientras que los comentaristas generalmente están de acuerdo en que
la genealogía que se encuentra al comienzo del primer Evangelio es
la de S. José, Annius de Viterbo propone su opinión, a la que ya se
refirió S. Agustín, de que la genealogía de S. Lucas describe la
ascendencia de María. El texto del tercer Evangelio (3:23) puede
explicarse de forma que Heli sea el padre de María: "Jesús ... era,
según se creía, hijo de José, hijo de Heli" (23). En estas
explicaciones el nombre de María no se menciona explícitamente, pero
va implícito; ya que Jesús es el hijo de Heli a través de María.
Sus padres
Aunque pocos comentaristas están de acuerdo con esta opinión acerca
de la genealogía de S. Lucas, el nombre del padre de María, Heli,
coincide con el nombre del padre de Nuestra Señora según una
tradición basada en la narración del Protoevangelio de Santiago, un
Evangelio apócrifo que data de finales del siglo II. Según este
documento, los padres de María eran Joaquín y Ana. Ahora bien, el
nombre de Joaquín es sólo una variante de Heli o Eliachim,
sustituyendo un nombre divino (Yavé) por otro (Eli, Elohim). La
tradición en lo que respecta a los padres de María, según el
Evangelio de Santiago, es reproducida por S. Juan Damasceno (24), S.
Gregorio de Nyssa (25), S. Germán de Constantinopla (26), Pseudo-Epifanio
(27), pseudo-Hilario (28) y S. Fulberto de Chartres (29). Algunos de
estos escritores añaden que el nacimiento de María se consiguió
gracias a las fervientes oraciones de Joaquín y Ana cuando ya tenían
una edad avanzada. Así como Joaquín pertenecía a la familia real de
David, también se supone que Ana era descendiente de la familia
sacerdotal de Aaron; por ello, Cristo, el Eterno Rey y Sacerdote,
descendía de una familia real y sacerdotal (30).
La ciudad de los padres de María
Según S. Lucas 1:26, María vivía en Nazaret, una ciudad de Galilea,
en el momento de la Anunciación. Una determinada tradición sostiene
que fue concebida y nació en la misma casa en la que el Verbo se
hizo carne (31). Otra tradición, basada en el Evangelio de Santiago,
considera Seforis como la primera casa de Joaquín y Ana, aunque se
dice que después vivieron en Jerusalén, en una casa llamada
Probatica por S. Sofronio de Jerusalén (32). Probatica, un nombre
que probablemente procedía de un estanque llamado Probatica o
Betzata en S. Juan 5:2, cercano al santuario. Aquí fue donde nació
María. Alrededor de un siglo después, sobre el 750 d. de J.C., S.
Juan Damasceno (33) afirma de nuevo que María nació en Probatica.
Se dice que, ya en el siglo V, la emperatriz Eudoxia construyó una
iglesia en el lugar en que nació María, y donde sus padres vivieron
en su ancianidad. La actual iglesia de Sta. Ana se encuentra a una
distancia de menos de 100 pies de la piscina Probática. El 18 de
marzo de 1889 se descubrió una cripta que encierra el sitio en que
se supone que Sta. Ana fue enterrada. Probablemente ese lugar fue en
su origen un jardín en el que Joaquín y Ana recibieron sepultura. En
su época todavía estaba situado fuera de los muros de la ciudad,
unos 400 pies al norte del Templo. Otra cripta cercana a la tumba de
Sta. Ana se cree que es el lugar donde nació la Bienaventurada
Virgen; por ello, en los primeros tiempos se le llamó a esa iglesia
Sta. María de la Natividad (34). En el valle Cedron, cerca de la
carretera que lleva a la iglesia de la Asunción, hay un pequeño
santuario que contiene dos altares, que se cree que están edificados
sobre las tumbas de S. Joaquín y Sta. Ana; sin embargo, estos
sepulcros pertenecen a la época de las Cruzadas (35). También en
Seforis los cruzados reemplazaron un antiguo santuario situado sobre
la legendaria casa de S. Joaquín y Sta. Ana por una gran iglesia.
Después de 1788 parte de esta iglesia fue restaurada por los Padres
Franciscanos.
Su Inmaculada Concepción
La Inmaculada Concepción de Nuestra Señora ha sido tratada en un
artículo especial.
El nacimiento de María
En lo referente al lugar de nacimiento de Nuestra Señora, existen
tres tradiciones diferentes que hay que considerar.
Primero, se ha situado el acontecimiento en Belén. Esta opinión se
basa en la autoridad de los siguientes testigos: ha sido expresada
en un documento titulado "De nativ. S. Mariae" (36) incluido a
continuación de las obras de S. Jerónimo; es una suposición más o
menos vaga del Peregrino de Piacenza, llamado erróneamente Antonino
Mártir, que escribió alrededor del 580 d. de J.C. (37); finalmente,
los Papas Pablo II (1471), Julio II (1507), León X (1519), Pablo III
(1535), Pío IV (1565), Sixto V (1586) e Inocencio XII (1698) en sus
Bulas referentes a la Santa Casa del Loreto afirman que la
Bienaventurada Virgen nació, fue educada y recibió la visita del
ángel en la Santa Casa. Sin embargo, estos pontífices no deseaban en
realidad decidir sobre una cuestión histórica; ellos simplemente
expresan la opinión de sus épocas respectivas.
Una segunda tradición situaba el nacimiento de Nuestra Señora en
Seforis, unas tres millas al norte de Belén, la Diocaesarea romana,
y la residencia de Herodes Antipas hasta bien entrada la vida de
Nuestro Señor. La antigüedad de esta opinión puede deducirse por el
hecho de que bajo el reinado de Constantino se erigió en Seforis una
iglesia para conmemorar la residencia de Joaquín y Ana en dicho
lugar (38). S. Epifanio habla de este santuario (39). Pero esto sólo
demuestra que Nuestra Señora debió vivir durante algún tiempo en
Seforis con sus padres, sin que por ello tengamos que creer que
nació allí.
La tercera tradición, la de que María nació en Jerusalén, es la más
probable de las tres. Hemos visto que se basa en el testimonio de S.
Sofronio, de S. Juan Damasceno y sobre la evidencia de hallazgos
recientes en la Probatica. La Festividad de la Natividad de Nuestra
Señora no se celebró en Roma hasta finales del siglo VII; sin
embargo, dos sermones encontrados entre los escritos de S. Andrés de
Creta (m. 680) implican la existencia de esta fiesta y nos hacen
suponer que fue introducida en una fecha más temprana en otras
iglesias (40). En 1799, el décimo canon del Sínodo de Salzburgo
señala cuatro fiestas en honor de la Madre de Dios: la Purificación,
el 2 de febrero; la Anunciación, el 25 de marzo; la Asunción, el 15
de agosto y la Natividad, el 8 de septiembre.
La Presentación de María
Según Exodo 13:2 y 13:12, todo primogénito hebreo debía ser
presentado en el Templo. Dicha ley llevaría a los padres judíos
piadosos a observar el mismo rito religioso con otros hijos
favoritos. Ello hace suponer que Joaquín y Ana presentaron a su
hija, obtenida tras largas y fervientes oraciones, en el Templo.
En cuanto a María, S. Lucas (1:34) nos dice que respondió al ángel
que le anunciaba el nacimiento de Jesucristo: "cómo podrá ser esto,
pues yo no conozco varón". Estas palabras difícilmente pueden ser
entendidas, a menos que supongamos que María había hecho voto de
virginidad, ya que cuando las pronunció estaba desposada con S. José
(41). La ocasión más adecuada para tal voto fue su presentación en
el Templo. Del mismo modo que algunos Padres admiten que las
facultades de S. Juan Bautista fueron desarrolladas prematuramente
por una intervención especial del poder divino, se puede admitir la
existencia de una gracia similar para con la hija de Joaquín y Ana
(42).
Sin embargo, todo lo referido anteriormente no supera la certeza de
la probabilidad de unas conjeturas piadosas. La consideración de que
Nuestro Señor no podía rehusarle a su bendita Madre cualquier favor
que dependiera exclusivamente de su magnificencia, no tiene un valor
mayor que el de un argumento a priori. La certeza sobre esta
cuestión debe depender de testimonios externos y de las enseñanzas
de la Iglesia.
Ahora bien, el Protoevangelio de Santiago (7-8) y el documento
titulado "De nativit. Mariae" (7-8), (43) afirman que Joaquín y Ana,
cumpliendo un voto que habían hecho, presentaron a la pequeña María
en el Templo cuando tenía tres años de edad; que la criatura subió
sola los escalones del Templo, y que hizo su voto de virginidad en
dicha ocasión. S. Gregorio de Nyssa (44) y S. Germán de
Constantinopla (45) aceptaron este testimonio, que también fue
seguido por pseudo-Gregorio de Naz. en su "Christus patiens" (46).
Además, la Iglesia celebra la Festividad de la Presentación, aunque
no especifica a qué edad fue presentada la pequeña María en el
Templo, cuándo hizo su voto de virginidad y cuáles fueron los dones
especiales naturales y sobrenaturales que Dios le concedió. La
festividad es mencionada por primera vez en un documento de Manuel
Commenus, en 1166; desde Constantinopla, la festividad debió ser
introducida en la Iglesia occidental, donde la podemos hallar en la
corte papal de Aviñón en 1371; alrededor de un siglo más tarde, el
Papa Sixto IV introdujo el Oficio de la Presentación, y en 1585 el
Papa Sixto V extendió la Festividad de la Presentación a toda la
Iglesia.
Sus esponsales con José
Las escrituras apócrifas a las que nos hemos referido en el párrafo
anterior afirman que María permaneció en el Templo después de su
presentación para ser educada con otros niños judíos. Allí ella
disfrutó de visiones extáticas y visitas diarias de los santos
ángeles.
Cuando ella contaba catorce años, el sumo sacerdote quiso enviarla a
casa para que contrajera matrimonio. María le recordó su voto de
virginidad, y confundido, el sumo sacerdote consultó al Señor.
Entonces llamó a todos los hombres jóvenes de la estirpe de David y
prometió a María en matrimonio a aquel cuya vara retoñara y se
convirtiera en el lugar de descanso del Espíritu Santo en forma de
paloma. José fue el agraciado en este proceso extraordinario.
Hemos visto ya que S. Gregorio de Nyssa, S. Germán de Constantinopla
y pseudo-Gregorio Nacianceno parecen admitir estas leyendas. Además,
el emperador Justiniano permitió que se construyera una basílica en
la plataforma del antiguo Templo, en memoria de la estancia de
Nuestra Señora en el santuario; la iglesia fue llamada la Nueva
Santa María, para distingirla de la iglesia de la Natividad. Se cree
que es la moderna mezquita de Al-Aqsa (47).
Por otra parte, la Iglesia no se pronuncia en lo que respecta a la
estancia de María en el Templo. S. Ambrosio (48), cuando describe la
vida de María antes de la Anunciación, supone expresamente que vivía
en la casa de sus padres. Todas las descripciones del Templo judío
que pueden poseer algún valor científico nos dejan a oscuras en
cuanto a la existencia de lugares en los que pudieran haber recibido
su educación las muchachas jóvenes. La estancia de Joas en el Templo
hasta la edad de siete años no apoya el supuesto de que las chicas
jóvenes fueran educadas dentro del recinto sagrado, ya que Joas era
el rey, y fue obligado por las circunstancias a permanecer en el
Templo (cf. IV Reyes 11:3). La alusión de II Macabeos 3:19, cuando
dice "las doncellas, recogidas" no demuestra que ninguna de ellas
fuera retenida en los edificios del Templo. Si se dice de la
profetisa Ana (Lucas 2:37) que "no se apartaba del templo, sirviendo
con ayunos y oraciones noche y día", nosotros no suponemos que ella
viviera de hecho en una de las habitaciones del templo. (49) Como la
casa de Joaquín y Ana no se encontraba muy alejada del Templo,
podemos suponer que a la santa niña María se le permitía a menudo
visitar los sagrados edificios para que pudiera satisfacer su
devoción.
Se consideraba que las doncellas judías habían alcanzado la edad del
matrimonio cuando cumplían doce años y seis meses, aunque la edad de
la novia variaba según las circunstancias. El matrimonio era
precedido por los esponsales, después de los cuales la novia
pertenecía legalmente al novio, aunque no vivía con él hasta un año
después, que era cuando el matrimonio solía celebrarse. Todo esto
coincide con el lenguaje de los evangelistas. S. Lucas (1:27) llama
a María " una virgen desposada con un varón de nombre José"; S.
Mateo (1:18) dice "Estando desposada María, su madre, con José,
antes de que conviviesen, se halló haber concebido María del
Espíritu Santo". Como no tenemos noticia de ningún hermano de María,
debemos suponer que era una heredera, y estaba obligada por la ley
de Números 36:3 a casarse con un miembro de su tribu. La ley misma
prohibía el matrimonio entre determinados grados de parentesco, de
modo que incluso el matrimonio de una heredera se dejaba más o menos
a su elección.
Según la costumbre judía, la unión de José y María tenía que ser
concertada por los padres de José. Uno se puede preguntar por qué
María accedió a sus esponsales, cuando estaba ligada por su voto de
virginidad. De la misma manera que ella había obedecido la
inspiración divina al hacer su voto, también la obedeció al
convertirse en la novia prometida de José. Además, hubiera sido un
caso singular entre los judíos el rehusar los esponsales o el
matrimonio, ya que todas las doncellas judías aspiraban al
matrimonio como la realización de un deber natural. María confió
implícitamente en la guía de Dios, y por ello estaba segura de que
su voto sería respetado incluso en su estado de casada.
La Anunciación
La Anunciación ha sido tratada en un artículo especial.
La Visitación
Según Lucas 1:36, el ángel Gabriel le dijo a María en el momento de
la Anunciación, "Isabel, tu parienta, también ha concebido un hijo
en su vejez, y éste es ya el mes sexto de la que era estéril". Sin
poner en duda la verdad de las palabras del ángel, María decidió
enseguida contribuir a la alegría de su piadosa pariente. (50) Por
ello, continúa el evangelista (1:39):" En aquellos días se puso
María en camino y con presteza fue a la montaña, a una ciudad de
Judá, y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel". Aunque María
debe haberle comunicado a José su propósito de realizar esa visita,
es difícil determinar si él la acompañó; si dio la casualidad de que
el momento de la visita coincidía con alguna de las temporadas de
fiestas en que los israelitas tenían que acudir al Templo, habría
pocas dificultades acerca de la compañía.
La casa de Isabel ha sido localizada en varios emplazamientos según
los diferentes escritores: ha sido situada en Machaerus, unas diez
millas al este del Mar Muerto, o en Hebrón, o de nuevo en la antigua
ciudad sacerdotal de Jutta, unas siete millas al sur de Hebrón, o
finalmente en Ain-Karim, la tradicional S. Juan-en-la-Montaña, unas
cuatro millas al oeste de Jerusalén. (51) Sin embargo, los tres
primeros sitios no poseen ningún monumento conmemorativo del
nacimiento o de la vida de S. Juan; además, Machaerus no estaba
situada en las montañas de Judá; Hebrón y Jutta pertenecían a
Idumea, después de la cautividad babilónica, en tanto que Ain-Karim
está situada en las "montañas" mencionadas en el texto inspirado de
S. Lucas.
Después de un viaje de unas treinta horas, María "entró en casa de
Zacarías y saludó a Isabel" (Lucas 1:40). Según la tradición, en la
época de la visitación Isabel no vivía en su casa de la ciudad sino
en su villa, a unos diez minutos de la ciudad; antiguamente este
lugar estaba señalado por una iglesia superior y otra inferior. En
1861 se erigió sobre los antiguos cimientos la pequeña iglesia
actual de la Visitación.
"Así que oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno".
Fue en este momento cuando Dios cumplió la promesa hecha por el
ángel a Zacarías (Lucas 1:15), "desde el seno de su madre será lleno
del Espíritu Santo"; en otras palabras, el niño que Isabel llevaba
en su seno fue purificado de la mancha del pecado original. Se
desbordó la plenitud del Espíritu Santo en el alma de su madre, "e
Isabel se llenó del Espíritu Santo" (Lucas 1:41). Así, tanto la
madre como el hijo fueron santificados por la presencia de María y
del Verbo Encarnado (53); llena como estaba del Espíritu Santo,
Isabel "clamó con fuerte voz: ¡Bendita tú entre las mujeres y
bendito el fruto de tu vientre! ¿De dónde a mí que la madre de mi
Señor venga a mí? Porque así que sonó la voz de tu salutación en mis
oídos, exultó de gozo el niño en mi seno. Dichosa la que ha creído
que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor" (Lucas
1:42-45). Dejemos a los comentaristas la explicación completa del
pasaje precedente, y centremos nuestra atención sólo en dos puntos:
Isabel comienza su saludo con las mismas palabras con las que el
ángel había terminado su salutación, mostrando de esta manera que
ambos hablaban por inspiración del Espíritu Santo.
Isabel es la primera en llamar a María por su título más honorable
"Madre de Dios".
La respuesta de María es el cántico de alabanza denominado
comunmente Magnificat, por la primera palabra de su texto en latín;
el "Magnificat" ha sido tratado en un artículo separado.
El evangelista termina su relato de la Visitación con las palabras:
"María permaneció con ella como unos tres meses y se volvió a su
casa" (Lucas 1:56). Muchos ven en esta breve frase del tercer
evangelio una sugerencia implícita de que María permaneció en casa
de Zacarías hasta el nacimiento de Juan el Bautista, mientras que
otros niegan tal implicación. Dado que la Festividad de la
Visitación fue emplazada el 2 de julio por el cuadragésimo tercer
canon del Concilio de Basilea (1441 d. de J.C.), el día siguiente a
la octava de la Festividad de S. Juan Bautista, se ha deducido que
posiblemente María permaneciera con Isabel hasta después de la
circuncisión del niño; pero no hay más pruebas que corroboren esta
suposición. Aunque la Visitación es descrita con tanta precisión en
el tercer evangelio, su festividad no parece haberse celebrado hasta
el siglo XIII, cuando fue introducida a través de la influencia de
los franciscanos; fue instituida oficialmente en 1389 por Urbano VI.
El embarazo de María llega a conocimiento de José
Después del regreso de casa de Isabel, "se halló haber concebido
María del Espíritu Santo" (Mateo 1:18). Dado que entre los judíos
los esponsales constituían un verdadero matrimonio, el uso del
matrimonio después del tiempo de los esponsales no era nada extraño
entre ellos. Por ello, el embarazo de María no podía sorprender a
nadie mas que al mismo S. José. La situación debió haber sido
extremadamente dolorosa tanto para él como para María, ya que él no
conocía el misterio de la Encarnación. El evangelista dice: "José,
su esposo, siendo justo, no quiso denunciarla y resolvió repudiarla
en secreto" (S. Mateo 1:19). María dejó la solución a esta
dificultad en manos de Dios, y Dios informó en su momento al
asombrado esposo de la verdadera condición de María. Mientras José
"reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un
ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en
casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del
Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre
Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados" (Mateo 1:20-21).
No mucho después de esta revelación, José concluyó el ritual del
contrato de matrimonio con María. El Evangelio dice sencillamente:
"Al despertar José de su sueño hizo como el ángel del Señor le había
mandado, recibiendo en casa a su esposa" (Mateo 1:24). Si bien es
cierto que deben haber pasado al menos tres meses entre los
esponsales y el matrimonio, durante los cuales María permaneció con
Isabel, es imposible determinar con exactitud el lapso de tiempo
transcurrido entre las dos ceremonias. No sabemos cuánto tiempo
después de los esponsales le anunció el ángel a María el misterio de
la Encarnación, y tampoco sabemos cuánto duró la duda de S. José
antes de que fuera iluminado por la visita del ángel. Teniendo en
cuenta la edad a la que las doncellas judías se convertían en
casaderas, es posible que María diera a luz a su Hijo cuando contaba
alrededor de trece o catorce años de edad. Ningún documento
histórico nos dice qué edad tenía en realidad en el momento de la
Natividad.
El viaje a Belén
Lucas (2:1-5) explica cómo José y María viajaron desde Nazaret hasta
Belén obedeciendo un decreto de César Augusto que ordenaba un
empadronamiento general. Las cuestiones relacionadas con este
decreto han sido tratadas en el artículo CRONOLOGÍA BÍBLICA. Se dan
varias razones por las que María debe haber acompañado a José en
este viaje: es posible que ella no deseara perder la protección de
José durante este periodo crítico de su embarazo, o puede que haya
seguido una inspiración divina especial que la impulsaba a marchar
para que se cumplieran las profecías referentes a su divino Hijo, o
también puede que fuera obligada a ir debido a la ley civil, ya
fuera como heredera o para satisfacer el impuesto personal que había
que pagar por las mujeres mayores de doce años. (54)
Dado que el empadronamiento había atraído a multitud de extranjeros
a Belén, María y José no encontraron sitio en la posada de la
caravana y tuvieron que alojarse en una gruta que servía de refugio
para los animales. (55)
María da a luz a Nuestro Señor
"Estando allí, se cumplieron los días de su parto" (Lucas 2:6); este
lenguaje no deja claro si el nacimiento de Nuestro Señor ocurrió
inmediatamente después de que José y María se hubieran alojado en la
gruta, o varios días después. Lo que se narra acerca de los pastores
"estaban velando las vigilias de la noche sobre su rebaño" (Lucas
2:8) muestra que Cristo nació durante la noche.
Después de dar a luz a su Hijo, María "le envolvió en pañales y le
acostó en un pesebre" (Lucas 2:7), señal de que no sufrió dolores ni
debilidades en el parto. Esta deducción coincide con las enseñanzas
de algunos de los principales Padres y teólogos: S. Ambrosio (56),
S. Gregorio de Nyssa (57), S. Juan Damasceno (58), el autor de
Christus patiens (59), Sto. Tomás (60), etc. No era adecuado que la
madre de Dios estuviera sujeta al castigo pronunciado en Génesis
3:16 contra Eva y sus hijas pecadoras.
Poco después del nacimiento del niño los pastores, obedientes a la
invitación del ángel, llegaron a la gruta "y encontraron a María, a
José y al Niño acostado en un pesebre" (Lucas 2:16). Podemos suponer
que los pastores divulgaron las felices nuevas que habían recibido
durante la noche entre sus amigos en Belén, y que la Sagrada Familia
fue recibida por alguno de sus habitantes piadosos en un alojamiento
más adecuado.
La Circuncisión de Nuestro Señor
"Cuando se hubieron cumplido los ocho días para circuncidar al Niño,
le dieron el nombre de Jesús" (Lucas 2:21). El rito de la
circuncisión se llevaba a cabo bien en la sinagoga bien en el hogar
del niño; es imposible determinar dónde tuvo lugar la circuncisión
de Nuestro Señor. De todos modos, su Bienaventurada Madre debe haber
estado presente durante la ceremonia.
La Presentación
Según la ley del Levítico 12:-8, toda madre judía de un varón hebreo
tenía que presentarse cuarenta días después de su nacimiento para su
purificación legal; según Exodo 13:2 y Números 18:15, el primogénito
tenía que ser presentado en esa misma ocasión. Cualesquiera que
fueran las razones que María y el Niño hubieran podido tener para
reclamar una excepción, el hecho es que acataron la ley. Sin
embargo, en vez de ofrecer un cordero, presentaron el sacrificio de
los pobres, que consistía en un par de tórtolas o de pichones. En II
Corintios 8:9, S. Pablo dice a los corintios que Jesucristo "siendo
rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis
ricos por su pobreza". Aún más agradable a Dios que la pobreza de
María fue la prontitud con que ofreció a su divino Hijo para la
complacencia de su Padre Celestial.
Después de que se hubieron llevado a cabo los ritos ceremoniales, el
santo Simeón tomó al Niño en sus brazos y dio gracias a Dios por el
cumplimiento de sus promesas; hizo una llamada de atención sobre la
universalidad de la salvación que iba a venir a través de la
redención mesiánica "la que has preparado ante la faz de todos los
pueblos; luz para iluminación de las gentes y gloria de tu pueblo,
Israel" (Lucas 2:31 sq.). María y José comenzaron ahora a conocer
más plenamente a su divino Hijo; ellos "estaban maravillados de las
cosas que se decían de El" (Lucas 2:33). Como si quisiera preparar a
su Bienaventurada Madre para el misterio de la cruz, el santo Simeón
le dijo: "Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel
y para blanco de contradicción; y una espada atravesará tu alma para
que se descubran los pensamientos de muchos corazones" (Lucas
2:34-35). María había padecido su primer gran dolor cuando José
había dudado al tomarla por esposa; su segundo gran dolor lo
experimentó cuando oyó las palabras del santo Simeón.
Aunque el incidente de la profetisa Ana había tenido una relación
más general, ya que ella "hablaba de El a cuantos esperaban la
redención de Jerusalén" (Lucas 2:38), debe haber aumentado en gran
medida el asombro de José y María. El comentario final del
evangelista "Cumplidas todas las cosas según la Ley del Señor, se
volvieron a Galilea, a la ciudad de Nazaret" (Lucas 2:39), ha sido
interpretado de varias maneras por los comentaristas; en lo
referente al orden de los sucesos, consulte el artículo CRONOLOGÍA
DE LA VIDA DE JESUCRISTO.
La visita de los Magos
Tras la Presentación, la Sagrada Familia bien volvió directamente a
Belén, o bien fue primero a Nazaret y de allí a la ciudad de David.
De todos modos, después de que "los magos de Oriente" hubieron sido
guiados hasta Belén por Dios, "entrados en la casa, vieron al Niño
con María, su madre, y de hinojos le adoraron, y abriendo sus
alforjas, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra" (Mateo 2:11).
El evangelista no menciona a José; no porque no estuviera presente,
sino porque María ocupa el lugar principal junto al Niño. Los
evangelistas no han contado cómo dispusieron María y José de los
regalos ofrecidos por sus ricos visitantes.
La huida a Egipto
Poco después de la partida de los magos, José recibió el mensaje del
ángel del Señor para que huyera a Egipto con el Niño y su madre,
debido a los malvados propósitos de Herodes; la pronta obediencia
del santo varón es descrita brevemente por el evangelista con las
palabras: "Levantándose de noche, tomó al niño y a la madre y partió
para Egipto" (Mateo 2:14). Los judíos perseguidos siempre habían
buscado refugio en Egipto (cf. III Reyes 11:40; IV Reyes 25:26); en
tiempos de Cristo, los colonos judíos eran especialmente numerosos
en la tierra del Nilo (61); según Filón (62) eran al menos un
millón. En Leontopolis, en el distrito de Heliópolis, los judíos
tenían un templo (160 a. de C.-73 d. de J.C.) que rivalizaba en
esplendor con el templo de Jerusalén. (63) Por todo ello, la Sagrada
Familia podía esperar hallar en Egipto una cierta ayuda y
protección.
Por otra parte, era necesario un viaje de al menos diez días desde
Belén para alcanzar los distritos habitados más cercanos de Egipto.
No sabemos qué camino tomó la Sagrada Familia en su huida; pudieron
haber tomado la carretera ordinaria a través de Hebrón; o pudieron
marchar vía Eleutheropolis y Gaza o también pudieron haberse
dirigido al oeste de Jerusalén hacia la gran carretera militar de
Joppe.
Apenas existe algún documento histórico que nos pueda servir de
ayuda para determinar dónde vivió la Sagrada Familia en Egipto, y
tampoco sabemos cuánto duró este exilio forzado. (64)
Cuando José recibió por el ángel la noticia de la muerte de Herodes
y la orden de volver a la tierra de Israel, él, "levantándose, tomó
al niño y a la madre y partió para la tierra de Israel" (Mateo
2:21). La noticia de que Arquelao reinaba en Judea impidió a José
establecerse en Belén, como había sido su intención; "advertido en
sueños, se retiró a la región de Galilea, yendo a habitar en una
ciudad llamada Nazaret" (Mateo 2:22-23). En todos estos detalles,
María sencillamente se dejó guiar por José, que a su vez, recibió
las manifestaciones divinas como cabeza de la Sagrada Familia. No es
necesario señalar el intenso dolor de María ante la temprana
persecución del Niño.
La Sagrada Familia en Nazaret
La vida de la Sagrada Familia en Nazaret fue la propia de un
comerciante pobre normal. Según S. Mateo 13:55, la gente del pueblo
preguntaba "¿No es éste el hijo del carpintero?"; la pregunta, tal y
como viene expresada en el segundo evangelio (Marcos 6:3) muestra
una ligera variación, "¿No es acaso el carpintero?". Mientras José
ganaba el sustento para la Sagrada Familia con su trabajo diario,
María atendía las labores del hogar. S. Lucas (2:40) dice brevemente
de Jesús: "El Niño crecía y se fortalecía lleno de sabiduría, y la
gracia de Dios estaba en El". El Sabath semanal y las grandes
fiestas anuales interrumpían la rutina diaria de la vida en Nazaret.
Nuestro Señor es hallado en el Templo
Según la ley de Exodo 23:17, sólo los hombres estaban obligados a
visitar el templo en las tres festividades solemnes del año; pero
las mujeres se unían a menudo a los hombres para satisfacer su
devoción. S. Lucas (2:41) nos informa de que "Sus padres (del Niño)
iban cada año a Jerusalén en la fiesta de la Pascua". Probablemente
dejaban al niño Jesús en casa de amigos o parientes durante los días
que duraba la ausencia de María. Según la opinión de algunos
escritores, el Niño no dio ninguna señal de su divinidad durante los
años de su infancia, con el propósito de aumentar los méritos de la
fe de José y María, basada en lo que habían visto y oído en el
momento de la Encarnación y el nacimiento de Jesús. Los Doctores
judíos de la Ley sostenían que un chico se convertía en hijo de la
ley a la edad de doce años y un día; después de ésto, estaba
obligado por los preceptos legales.
El evangelista nos proporciona aquí la información de que "cuando
era ya de doce años, al subir sus padres, según el rito festivo, y
volverse ellos, acabados los días, el niño Jesús se quedó en
Jerusalén, sin que sus padres lo echasen de ver". (Lucas 2:42-43).
Esto ocurrió probablemente después del segundo día de fiesta, cuando
José y María regresaban con otros peregrinos galileos; la ley no
exigía una estancia más larga en la Ciudad Sagrada. Durante el
primer día, la caravana hacía generalmente un viaje de cuatro horas,
y pasaba la noche en Beroth, en la frontera norte del antiguo reino
de Judá. Los cruzados construyeron en este lugar una preciosa
iglesia gótica para conmemorar el dolor de Nuestra Señora cuando "buscáronle
entre parientes y conocidos, y al no hallarle, se volvieron a
Jerusalén en busca suya" (Lucas 2:44-45). El Niño no fue encontrado
entre los peregrinos que habían venido a Beroth en el primer día de
viaje; tampoco le encontraron el segundo día, cuando José y María
regresaron a Jerusalén; no fue hasta el tercer día cuando "le
hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndolos y
preguntándoles...Cuando sus padres le vieron, se maravillaron, y le
dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? Mira que tu padre y
yo, apenados, andábamos buscándote" (Lucas 2:40-48). La fe de María
no le permitía temer que un mínimo accidente le ocurriera a su
divino Hijo; pero percibió que su conducta habitual de docilidad y
sumisión había cambiado por completo. Este sentimiento era la causa
de la pregunta, por qué Jesús había tratado a sus padres de aquella
manera. Jesús respondió simplemente: "¿Por qué me buscabais? ¿No
sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre?"
(Lucas 2:49). Ni José ni María tomaron estas palabras como una
reprimenda; "Ellos no entendieron lo que les decía" (Lucas 2:50). Un
escritor reciente ha sugerido que el significado de la última frase
debe ser entendido "ellos (es decir, los que estaban presentes) no
entendieron lo que les (es decir, a José y a María) decía".
El resto de la juventud de Nuestro Señor
Después de esto, Jesús "bajó con ellos, y vino a Nazaret" donde
comenzó una vida de trabajo y pobreza, de la cual dieciocho años son
resumidos por el evangelista en estas pocas palabras, "y les estaba
sujeto,... crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los
hombres" (Lucas 2:51-52). La vida interior de María es señalada
brevemente por la expresión inspirada del escritor "y su madre
conservaba todo esto en su corazón" (Lucas 2:51). Una expresión
análoga había sido usada en 2:19, "María guardaba todo esto y lo
meditaba en su corazón". Así, María observaba la vida diaria de su
divino Hijo, y crecía en su conocimiento y amor a través de la
meditación sobre lo que veía y oía. Ciertos escritores han señalado
que el evangelista indica aquí la última fuente de la que obtuvo el
material contenido en sus dos primeros capítulos.
La virginidad perpetua de María
Relacionados con el estudio de María durante la vida oculta de
Nuestro Señor, nos encontramos los aspectos referentes a su
virginidad perpetua, su maternidad divina y su santidad personal. Su
virginidad sin mácula ha sido suficientemente considerada en el
artículo sobre el Nacimiento de la Virgen. Las autoridades citadas
entonces mantienen que María permaneció virgen cuando concibió y dio
a luz a su divino Hijo, y también después del nacimiento de Jesús.
La pregunta de María (Lucas 1:34), la respuesta del ángel (Lucas
1:35,37), la manera de comportarse de José durante su duda (Mateo
1:19-25), las palabras de Cristo dirigidas a los judíos (Juan 8:19),
muestran que María conservó su virginidad durante la concepción de
su divino Hijo.
En cuanto a la virginidad de María después del parto, no es negada
ni por las expresiones de S. Mateo "antes de que conviviesen"
(1:18), "su primogénito" (1:25), ni por el hecho de que los libros
del Nuevo Testamento se refieran repetidamente a los hermanos de
Jesús. (66) Las palabras "antes de que conviviesen" significan
probablemente "antes de que viviesen en la misma casa", refiriéndose
al tiempo en que sólo estaban desposados; mas incluso si estas
palabras fueran entendidas como vida marital, sólo afirman que la
Encarnación tuvo lugar antes de que tal relación fuera establecida,
y sin implicar por ello que ésta tuviera lugar después de la
Encarnación del Hijo de Dios.
Lo mismo debe decirse de la expresión "No la conoció hasta que dio a
luz a su primogénito" (Mateo 1:25); el evangelista nos dice lo que
no ocurrió antes del nacimiento de Jesús, sin sugerir que ello
ocurriera después de su nacimiento. (68) El nombre "primogénito" se
aplica a Jesús tanto si su madre continuó siendo virgen como si dio
a luz a otros hijos después de Jesús; entre los judíos era un nombre
legal (69), de modo que su aparición en el Evangelio no puede
extrañarnos.
Finalmente, "los hermanos de Jesús" no son ni los hijos de María ni
los hermanos de Nuestro Señor, en un sentido estricto del término,
sino sus primos o los parientes más o menos cercanos. (70) La
Iglesia insiste en que con su nacimiento el Hijo de Dios no
disminuyó sino que consagró la integridad virginal de su madre
(oración secreta en la Misa de Purificación). Los Padres se expresan
también en un lenguaje similar en lo que se refiere a este
privilegio de María. (71)
La maternidad divina de María
La maternidad divina de María está basada en las enseñanzas de los
Evangelios, en los escritos de los Padres y en la definición expresa
de la Iglesia. S. Mateo (1:25) testifica que María "dio a luz a su
primogénito" y que El fue llamado Jesús. Según S. Juan (1:15) Jesús
es la Palabra hecha carne, la Palabra que asumió la naturaleza
humana en el vientre de María. Como María era verdaderamente la
madre de Jesús, y Jesús era verdadero Dios desde el primer momento
de su concepción, María es en verdad la madre de Dios. Incluso los
Padres más antiguos no dudaron en extraer esta conclusión, como
puede verse en los escritos de S. Ignacio (72), S. Ireneo (73), y
Tertuliano (74). El conflicto de Nestorio que negaba a María el
título de "Madre de Dios" (75) fue seguido por las enseñanzas del
Concilio de Efeso, que proclamó que María era Theotokos en el
verdadero sentido de la palabra. (76)
La santidad perfecta de María
Unos pocos escritores patrísticos expresaron sus dudas acerca de la
presencia de defectos morales menores en Nuestra Señora. (77) S.
Basilio, por ejemplo, sugiere que María sucumbió a la duda al oír
las palabras del santo Simeón y al presenciar la crucifixión. (78)
S. Juan Crisóstomo es de la opinión que María habría sentido miedo y
preocupación si el ángel no le hubiera explicado el misterio de la
Encarnación, y que demostró un poco de vanagloria en las fiestas de
las bodas de Caná y al visitar a su Hijo durante su vida pública
acompañada de los hermanos del Señor. (79) S. Cirilo de Alejandría
(80) habla de la duda de María y su desesperanza al pie de la cruz.
Mas no se puede afirmar que estos escritores griegos expresen una
tradición apostólica, cuando lo que expresan son sus opiniones
singulares y privadas. Las Escrituras y la tradición están de
acuerdo en atribuir a María la más grande santidad personal; es
concebida sin la mancha del pecado original; muestra la mayor
humildad y paciencia en su vida diaria (Lucas 1:38, 48); demuestra
una paciencia heróica en las circunstancias más difíciles (Lucas
2:7,35,48; Juan 19:25-27). Cuando se contempla la cuestión del
pecado, María constituye siempre una excepción. (81) La total
exclusión de María del pecado es confirmada por el Concilio de
Trento (Sesión VI, Canon 23): "Si alguien dice que el hombre una vez
justificado puede durante su vida entera evitar todo pecado, incluso
venial, como la Iglesia mantiene que hizo la Virgen María por un
privilegio especial de Dios, sea reo de anatema". Los teólogos
afirman que María fue inmaculada, no por la perfección esencial de
su naturaleza, sino por un privilegio divino especial. Mas aún, los
Padres, al menos desde el siglo V, mantienen casi unánimemente que
la Bienaventurada Virgen nunca experimentó los impulsos de la
concupiscencia.
El milagro de Caná
Los evangelistas relacionan el nombre de María con tres sucesos
diferentes en la vida pública de Nuestro Señor: con el milagro de
Caná, con su predicación y con su pasión. El primero de estos
incidentes es narrado en Juan 2:1-10.
...hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de
Jesús. Fue invitado también Jesús con sus discípulos a la boda. No
tenían vino, porque el vino de la boda se había acabado. En esto
dijo la madre de Jesús a éste: No tienen vino. Díjole Jesús: Mujer,
¿qué nos va a mi y a ti? No es aún llegada mi hora.
Se supone naturalmente que uno de los contrayentes estaba
emparentado con María, y que Jesús había sido invitado a causa del
parentesco de su madre. La pareja debe haber sido bastante pobre, ya
que el vino estaba de hecho agotándose. María desea salvar a sus
amigos de la vergüenza de no poder agasajar adecuadamente a sus
invitados, y recurre a su divino Hijo. Ella simplemente expone su
necesidad, sin añadir ninguna petición. Al dirigirse a las mujeres,
Jesús emplea de modo uniforme la palabra "mujer" (Mateo 15:28; Lucas
13:12; Juan 4:21; 8:10; 19:26; 20:15), una expresión utilizada por
los escritores clásicos como un tratamiento respetuoso y honorable.
(82)
Los pasajes citados arriba muestran que en el lenguaje de Jesús el
tratamiento "mujer" tiene un significado sumamente respetuoso. La
frase "qué nos va a mi y a ti" se traduce al griego ti emoi kai soi,
que a su vez corresponde a la frase hebrea mah li walakh. Esto
último sucede en Jueces 11:12; II Reyes 16:10; 19:23, III Reyes
17:18; IV Reyes 3:13; 9:18; II Paralipómenos 35:21. El Nuevo
testamento muestra expresiones equivalentes en Mateo 8:29; Marcos
1:24; Lucas 4:34; 8:28; Mateo 27:19. El significado de la frase
varía según el carácter del que habla, abarcando desde una muy
pronunciada oposición a una conformidad cortés. Un significado tan
variable le hace difícil al traductor encontrar un equivalente
igualmente variable. "Qué tengo que ver contigo", "esto no es asunto
mío ni tuyo", "por qué me causas tantos problemas", "déjame asistir
a esto", son algunas de las traducciones sugeridas. En general, las
palabras parecen referirse a una mayor o menor oportunidad que
intentan eliminar. La última parte de la respuesta de Nuestro Señor
presenta menos dificultades para el intérprete: "No es aún llegada
mi hora" no puede referirse al preciso momento en que la necesidad
de vino requerirá la intervención milagrosa del Señor, ya que en el
lenguaje de S. Juan "mi hora" o "la hora" se refiere al tiempo
predestinado para algún suceso importante (Juan 4:21,23; 5:25,28;
7:30; 8:29; 12:23; 13:1; 16:21; 17:1). Por ello, el significado de
la respuesta de Nuestro Señor es: "¿Por qué me importunas pidiéndome
tal intervención? El momento señalado por Dios para tal intervención
no ha llegado todavía"; o "¿por qué te preocupas? ¿no ha llegado el
momento de manifestar mi poder?" El primero de estos significados
implica que gracias a la intercesión de María, Jesús adelantó el
momento dispuesto para la manifestación de su poder milagroso (83);
el segundo significado se obtiene al tomar la segunda parte de las
palabras de Nuestro Señor como una pregunta, como hizo S. Gregorio
de Nyssa (84), y también como la versión árabe del "Diatessaron" de
Tatiano (Roma, 1888). (85) María comprendió las palabras de su
divino Hijo en su sentido correcto; ella avisó sencillamente a los
camareros, "Haced lo que El os diga" (Juan 2:5). No hay posibilidad
de explicar la respuesta de Jesús como una denegación de la
petición.
María durante la vida apostólica de Nuestro Señor
Durante la vida apostólica de Nuestro Señor, María logró pasar casi
completamente inadvertida. Al no ser llamada para ayudar
directamente a su Hijo en su ministerio, no quiso interferir en su
trabajo con una presencia inoportuna. En Nazaret era considerada
como una madre judía corriente; S. Mateo (3:55-56; cf. Marcos 6:3)
presenta a la gente del pueblo diciendo: "¿No es éste el hijo del
carpintero? ¿Su madre no se llama María, y sus hermanos Santiago y
José, Simón y Judas? Sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros?"
Dado que la gente deseaba, por su lenguaje, rebajar la consideración
de Nuestro Señor, debemos deducir que María pertenecía al orden
social inferior de la gente del pueblo. El pasaje paralelo de S.
Marcos dice, "¿No es éste el carpintero?", en lugar de "¿No es éste
el hijo del carpintero?" Puesto que ambos evangelistas omiten el
nombre de S. José, debemos suponer que ya había muerto antes de que
este episodio sucediera.
A primera vista, pudiera parecer que Jesús despreciaba la dignidad
de su Bienaventurada Madre. Cuando le dijeron: "Tu madre y tus
hermanos están fuera y desean hablarte. El respondiendo, dijo al que
le hablaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y
extendiendo su mano sobre sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y
mis hermanos. Porque quienquiera que hiciere la voluntad de mi
Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi
madre". (Mateo 12:47-50; cf. Marcos 3:31-35; Lucas 8:19-21). En otra
ocasión "levantó la voz una mujer de entre la muchedumbre y dijo:
Dichoso el seno que te llevó y los pechos que mamaste. Pero El dijo:
Más bien, dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan"
(Lucas 11:27-28).
En realidad, en ambos pasajes Jesús sitúa el lazo que une el alma
con Dios por encima del lazo natural de parentesco que une a la
Madre de Dios con su divino Hijo. Esta última dignidad no es
menospreciada; es utilizada por Nuestro Señor como un medio para
hacer ver el valor real de la santidad, dado que obviamente los
hombres lo aprecian con más facilidad. Por tanto, en realidad Jesús
ensalza a su Madre del modo más enfático, dado que ella superó al
resto de los hombres en santidad no menos que en dignidad. (86) Muy
probablemente María se encontraba también entre las santas mujeres
que atendían a Jesús y a sus apóstoles durante su ministerio en
Galilea (cf. Lucas 8:2-3); el evangelista no menciona ninguna otra
aparición pública de María durante los viajes de Jesús a través de
Galilea o de Judea. Sin embargo, debemos recordar que, cuando el sol
aparece, aun las más brillantes estrellas se tornan invisibles.
María durante la Pasión de Nuestro Señor
Dado que la Pasión de Jesucristo tuvo lugar durante la semana
pascual, se espera naturalmente encontrar a María en Jerusalén. La
profecía de Simeón se cumplió en su plenitud principalmente durante
los momentos de sufrimiento de Nuestro Señor. Según una tradición,
su Bienaventurada Madre se encontró con Jesús cuando cargaba con la
cruz camino del Gólgota. El Itinerarium del Peregrino de Burdeos
describe los lugares memorables que el escritor visitó en el 333 d.
de J.C., pero no menciona ninguna localidad consagrada a este
encuentro entre María y su divino Hijo. (87) El mismo silencio
domina en el llamado Peregrinatio Silviae que solía localizarse en
el 385 d. de J.C., pero que últimamente ha sido emplazado en 533-540
d. de J.C. (88) Mas un plano de Jerusalén que data del año 1308
muestra la iglesia de S. Juan Bautista con la inscripción "Pasm.
Vgis", Spasmus Virginis, el desmayo de la Virgen. Durante el curso
del siglo XIV, los cristianos comenzaron a localizar los
emplazamientos consagrados a la Pasión de Cristo, y entre ellos se
encontraba el lugar en el que se dice que María se desmayó al ver a
su Hijo sufriendo. (89) Desde el siglo XV se encuentra siempre
"Sancta Maria de Spasmo" entre las estaciones del Camino de la Cruz,
erigidas en varias partes de Europa a imitación de la Vía Dolorosa
de Jerusalén. (90) El hecho de que Nuestra Señora debería haberse
desmayado a la vista de los sufrimientos de su Hijo no está muy de
acuerdo con su comportamiento heroico al pie de la cruz; a pesar de
ello, debemos considerar su calidad de mujer y madre en su encuentro
con su Hijo camino del Gólgota, mientras que es la Madre de Dios al
pie de la cruz.
La maternidad espiritual de María
Mientras Jesús colgaba en la cruz, "estaban junto a la cruz de Jesús
su Madre y la hermana de su madre, María la de Cleofás y María
Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba,
que estaba allí, dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego
dijo al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquella hora el
discípulo la recibió en su casa". (Juan 19:25-27). El oscurecimiento
del sol y los otros fenómenos naturales extraordinarios deben haber
asustado a los enemigos del Señor lo suficiente como para que no
interfirieran con su madre y con los pocos amigos que permanecían al
pie de la cruz. Entre tanto, Jesús había orado por sus enemigos y
había prometido el perdón al buen ladrón; al llegar ese momento, El
tuvo compasión de su desolada madre, y aseguró su porvenir. Si S.
José hubiera estado vivo, o si María hubiera sido la madre de
aquellos que son llamados hermanos o hermanas de Nuestro Señor en
los Evangelios, tal medida no hubiera sido necesaria. Jesús utiliza
el mismo título respetuoso con el que se había dirigido a su madre
en las fiestas de las bodas de Caná. Ahora El confía a María a Juan
como su madre, y desea que María considere a Juan como su hijo.
Entre los escritores más tempranos, Orígenes es el único que
considera la maternidad de María sobre todos los creyentes en este
sentido. Según él, Cristo vive en todos los que le siguen con
perfección, y así como María es la Madre de Cristo, también es la
madre de aquel en el que Cristo vive. Por ello, según Origenes, el
hombre tiene un derecho indirecto a reclamar a María como su madre,
en la medida en que se identifique con Jesús por la vida de la
gracia. (91) En el siglo IX, Jorge de Nicomedia (92) explica las
palabras de Nuestro Señor en la cruz de forma que Juan es confiado a
María, y con Juan todos los discípulos, convirtiéndola en madre y
señora de todos los compañeros de Juan. En el siglo XII Ruperto de
Deutz explica las palabras de Nuestro Señor estableciendo la
maternidad espiritual de María sobre los hombres, aunque S.
Bernardo, el ilustre contemporaneo de Ruperto, no cita este
privilegio entre los numerosos títulos de Nuestra Señora. (93)
Posteriormente, la explicación de Ruperto de las palabras de Nuestro
Señor en la cruz se volvió más y más común, tanto es así que en
nuestros días se la puede hallar prácticamente en todos los libros
de piedad. (94)
La doctrina de la maternidad espiritual de María está contenida en
el hecho de que ella es la antítesis de Eva: Eva es nuestra madre
natural ya que es el origen de nuestra vida natural; por tanto,
María es nuestra madre espiritual ya que es el origen de nuestra
vida espiritual. Una vez más, la maternidad espiritual de María se
basa en el hecho de que Jesús es nuestro hermano, ya que es "el
primogénito entre muchos hermanos" (Romanos 8:29). Ella se convirtió
en nuestra madre desde el momento en que accedió a la Encarnación
del Verbo, la Cabeza del cuerpo místico cuyos miembros somos
nosotros; y ella selló su maternidad al consentir al sacrificio
sangriento en la cruz que es la fuente de nuestra vida sobrenatural.
María y las santas mujeres (Mateo 17:56; Marcos 15:40; Lucas 23:49;
Juan 19:25) presenciaron la muerte de Jesús en la cruz;
probablemente, ella permaneció durante el descendimiento de su
Cuerpo sagrado y durante su funeral.
El Sabath siguiente fue para ella tiempo de dolor y esperanza. El
decimoprimer canon de un concilio que tuvo lugar en Colonia, en
1423, instituyó contra los husitas la festividad de los Dolores de
Nuestra Señora, emplazándola en el viernes siguiente al tercer
domingo después de Pascua. En 1725 Benedicto XIV extendió la
festividad a toda la Iglesia, y la emplazó el viernes de la Semana
de Pasión. "Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa"
(Juan 19:27). Si vivieron en Jerusalén o en otro lugar no puede ser
determinado a partir de los Evangelios.
María y la Resurrección de Nuestro Señor
La narración inspirada de los incidentes relacionados con la
Resurrección de Cristo no menciona a María; mas tampoco pretenden
ofrecer una narración completa de todo lo que Jesús hizo o dijo. Los
Padres también guardan silencio en cuanto a la participación de
María en las alegrías del triunfo de su Hijo sobre la muerte. Sin
embargo, S. Ambrosio (95) afirma expresamente: "María por tanto vio
la Resurrección del Señor; ella fue la primera que la vio y creyó.
María Magdalena también la vio, aunque todavía dudó". Jorge de
Nicomedia (96) deduce de la participación de María en los
sufrimientos de Nuestro Señor que, antes que todos los demás y más
que todos ellos, ella debe haber participado en el triunfo de su
Hijo. En el siglo XII, una aparición del Salvador resucitado a su
Bienaventurada Madre es admitida por Ruperto de Deutz (97), y
también por Eadmer (98), S. Bernardino de Siena (99), S. Ignacio de
Loyola (100), Suárez (101), Maldon. (102) etc. (103). El hecho de
que Cristo resucitado se haya aparecido primero a su Bienaventurada
Madre coincide al menos con nuestras piadosas expectativas.
Aunque los Evangelios no nos lo dicen expresamente, podemos suponer
que María estaba presente cuando Jesús se apareció a varios de sus
discípulos en Galilea y en el momento de su Ascensión (cf. Mateo
28:7, 10, 16; Marcos 16:7). Más aún, no es improbable que Jesús
visitara repetidamente a su Bienaventurada Madre durante los
cuarenta días después de su Resurrección.
|